lunes, 22 de mayo de 2017

Qué hacer cuando un niño ingiere un cuerpo extraño

Desde monedas a imperdibles pasando por productos de limpieza





Los niños pequeños pasan por una fase, entre los 8 meses y los cuatro años, en la que se lo llevan todo a la boca. Esto puede ser muy peligroso porque determinados objetos muy pequeños o corrosivos pueden ser ingeridos y provocar un problema. En cualquier caso, un 80% de las cosas ingeridas son eliminadas espontáneamente por las heces. A pesar de ello, hasta en el 60% de las ocasiones, los padres no detectan su eliminación.
El doctor Valentín Alzina de Aguilar, director del Departamento de Pediatría de la Clínica Universitaria de Navarra, apunta que «lo primero que hay que hacer es intentar evitar que lleguen a meterse algo en la boca. Con los niños muy pequeños hay que tener cien ojos», pero aclara que «una vez ingerido el cuerpo extraño hay varias maneras de proceder».
«En el caso de que sea un lactante y esté tosiendo, lo primero que hay que hacer es mirarle la boca a ver si se ve el objeto. En caso afirmativo se puede intentar tirar de él con los dedos. En caso de que no se vea, hay que dejarle toser y por supuesto, no asustarle». «Cuando el menor esté ya muy cansado, o si vemos que empieza a cambiar de color y a tener problemas para respirar, los mejor es ponerlo sobre nuestras piernas y darle cinco golpes secos entre las escápulas. A continuación se le da la vuelta, y si sigue sin ser visible el cuerpo extraño, se le debe dar masaje cardíaco. Hay que continuar con esta rutina hasta que se vea el objeto o hasta que llegue el profesional sanitario».
Cuando el niño tiene más de un año, Alzina explica que «se le pueden dar golpes secos en la espalda e incluso practicarle la maniobra de Heimlich con mucho cuidado para no dañar las costillas ni el esternón». Este pediatra recalca de que en caso de que ya no respire «hay que hacer un masaje cardiopulmonar: se presiona 15 veces en la zona por encima de las costillas y se insufla aire en dos tandas hasta que llegue la ayuda médica».

¿Y cuando ya se lo ha tragado?

En el supuesto de que el pequeño ya haya ingerido un cuerpo tal como una moneda, un alfiler, un clavo o un imperdible, el doctor aclara que el tratamiento depende del tamaño del niño. En casos muy graves se puede recurrir a la gastroscopia: «Cuando el menor tiene dificultad en deglutir la saliva debe practicarse la intervención de urgencia para evitar la aspiración y obstrucción respiratoria». Y especifica que «la extracción mediante endoscopio se realiza en alrededor del 19% de los casos, siendo necesaria la extracción quirúrgica solamente en el 1% de los mismos».
En niños mayores, objetos de menos de 2 cm de anchura y hasta 5 cm de longitud pasan el píloro sin problemas. En niños pequeños y lactantes, el límite de la longitud es de 3 cm. Es recomendable extraer aquellos de tamaño superior al referido, así como los punzantes o cortantes.
En el caso de que el pequeño se haya tragado algo, pero creamos que no reviste peligro «se le pueden dar de comer alimentos con residuos (espárragos, alcachofa, cereales...) que arrastren y envuelvan el cuerpo extraño hasta que lo pueda defecar», apunta el experto.
Cuando lo que ha hecho el bebé es beber un líquido corrosivo, «nunca hay que hacerle vomitar, pues el peligro es la quemadura y si devuelve, pasa dos veces por la garganta», refiere este pediatra, que aclara que «en estos casos hay que darles de beber algo que diluya en lo posible el material cáustico».

Fuente: ABC http://www.abc.es/familia/padres-hijos/abci-hacer-cuando-nino-ingiere-cuerpo-extrano-201705121743_noticia.html

viernes, 5 de mayo de 2017

Detectar en el aula trastornos de alimentación, una tarea difícil pero no imposible

La implicación de los profesores en el colegio, fundamental a la hora de identificar en clase a alumnos adolescentes con conductas de riesgo





En una sociedad en la que las dietas y la preocupación por el peso y la imagen corporal son la norma y no la excepción, ¿puede un profesor identificar y prevenir los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TAC) en su clase? Según Beatriz Corbí, doctora en Psicología y profesora del Centro Universitario Villanueva, es difícil, pero no imposible. «De hecho, en muchas ocasiones son los propios educadores los que identifican situaciones de riesgo, incluso antes de que lo hagan en la familia de origen», advierte. «Hay un dato que muchas veces no se tiene en cuenta –prosigue– y es que el principal grupo de riesgo, es decir, los adolescentes, pasan la mayor parte de su tiempo en el colegio. Por eso es importante que nos preguntemos cuál debe ser el papel del profesor en estos casos. A mi juicio, la prevención desde las aulas, y el conocimiento de las consecuencias que los TCA tienen en el aprendizaje son aspectos de interés para el colegio», añade esta experta.

Rasgos que presentan

Corbí recuerda que las víctimas que más habitualmente sufren los TCA responden generalmente a estudiantes «con un perfil perfeccionista, rasgos de hiperresponsabilidad, necesidad de aprobación, baja autoestima y falta de respuesta a necesidades internas». Pero lo que en un principio puede traducirse en buenas calificaciones, prosigue, puede acabar resultando en todo lo contrario. ¿Cómo afecta, entonces, el TCAal desarrollo de los estudios? «Esto es algo fundamental a la hora de identificar el problema por parte del docente». Porque tal y como apunta Cristina Banzo, doctora en Psiquiatría y miembro de la Unidad de Hospitalización Breve del Hospital Infanta Leonor, «la desnutrición que suele aparecer en las personas que padecen trastornos de la conducta alimentaria, se ha relacionado con la merma en los rendimientos académicos en la etapa adolescente, ya que interfiere en el desarrollo de la plasticidad neuronal que sucede en este periodo».
Además, continua Banzo, «es interesante tener en cuenta que las personas que sufren trastornos alimentarios suelen presentar dificultades en su regulación emocional, manifestando ansiedad y síntomas depresivos algo que, a la larga, va a terminar por influir negativamente en determinados procesos cognitivos (atención o memoria de trabajo)».

Cómo transmitirlo en casa

¿Cómo transmitirlo a la familia si el problema se ha identificado en el aula? Para esta doctora en Psicología y profesora del Centro Universitario Villanueva, a pesar de lo mucho que se habla sobre la anorexia y la bulimia nerviosa, resultan muchas veces situaciones complejas de identificar. Así pues, en primer lugar, los profesores deben ser muy cautos al transmitir este tipo de informaciones a los familiares de sus alumnos.
Ambas profesionales apuntan una posible forma de acercarse a la problemática: recopilar información de los progenitores, citando a la madre y al padre, ya que en ocasiones aportan visiones diferentes o complementarias. Además, es una manera de poder unificar la información que reciben por parte del equipo educativo. En numerosas ocasiones, los mismos padres habrán identificado situaciones de alerta (por ejemplo, las continuas negativas a comer determinados alimentos, aislamiento del resto de la familia, cambios de ánimo o comportamientos no habituales) y sólo el hecho de reunirse con ellos con una motivación diferente a la meramente académica conseguirá una respuesta de apoyo y cuidado en la familia del menor.
En otras ocasiones, añade esta psicóloga, «debido a la angustia que supone el intuir la posible problemática en los hijos, se ponen en marcha mecanismos psicológicos de los propios padres, entre los que se encuentran minimizar o negar la problemática». La madre de Beatriz Esteban (en la imágen), autora de «Seré frágil» (un libro donde esta joven relata el calvario de su enfermedad), lo explica con los ojos humedecidos: «En la mente racional de unos padres no entra que tu hija llore por un plato de sopa». Pero es que, confiesa, «hay muchas conductas que a los padres nos pasan desapercibidas».
El relato de esta mujer no es atípico. Son demasiados los hogares donde se dejan «pasar los meses hasta que tienen conciencia de lo que tienen que mirar». Así le ocurrió también a Carmen Galindo, presidenta de la Federación Española de Asociaciones de Ayuda y Lucha contra la Anorexia y la Bulimia (FEACAB), quien reconoce que tuvo que pasar mucho tiempo hasta que pudo asumir lo que ocurría en su propia casa:«Fue como si nos metieran a todos los miembros de la familia en una coctelera y la agitaran», recuerda.

La familia como coterapeuta

También es muy común que las familias, apunta Galindo, se culpabilicen de lo sucedido: «La pregunta que siempre está ahí en las primeras reuniones es¿qué hemos hecho mal? Pero los padres afectados deben saber que son personas bien intencionadas pero no perfectas. Asumir esto cuesta pero ese es precisamente el papel de asociaciones como la nuestra». «Y saber también que no hay desencadenante», indica e psiquiatra Vicente Turón, de la Fundación Instituto de Trastornos Alimentarios (FITA).
Al principio, relata Galindo, no sabían dónde acudir. «Fuimos al pediatra, de ahí al endocrino, luego al psicólogo... hasta que por fin acabamos en el psiquiatra. Sobrellevar esto es complicado». A veces incluso los profesionales médicos, apunta Turón, «no advierten que los análisis dan bien pero la niña tiene un índice corporal bajísimo».
Por fortuna, concluye Turón, el pronóstico ha mejorado mucho a lo largo de los años en parte, reconoce, por la implicación de las familias. «Es verdad que estas pagan muchos costes, tanto directos como indirectos, pero sabemos que esta “inversión” es un factor de buen pronóstico en la curación de los enfermos. Lo ideal es que, junto a los médicos, todos en la familia, ya sean hermanos, maridos, abuelos, primos y por qué no, profesores y hasta compañeros de clase, vayamos a una».